El dolor paraguayo
El dolor paraguayo Estamos solos, sí, y esto es una gran cosa. Pegados a la frágil corteza de un planeta despeñado en el espacio infinito, aprendemos a mirar sin espanto los firmamentos y las tempestades. Comprendemos que nuestra carne flaca encierra algo digno de dominar el universo. Nuestra imaginación, al crear las divinidades, no hacía quizá sino soñar con el destino humano.
Cada vez vemos más claramente que no se someterá a nuestro poder sino aquello que se haya sometido antes a nuestra inteligencia. Si la inundación nos abruma es porque ignoramos sus causas. La ciencia, hábil en dirigir los astros, es torpe en aprisionar los vientos y las aguas. No ha penetrado aún al formidable alambique de las cimas augustas. Por eso consideramos tristemente el río que crece, y nos sentimos pequeños y abandonados bajo el cielo vacío.
Mas no imploremos a nadie. No podemos tener ya fe sino en nosotros mismos. Nada ha sobrevivido enfrente de la naturaleza más que el hombre. Luchemos primero cuerpo a cuerpo con la montaña de agua que se deshace en los valles, y estudiemos después.
Nuestra razón espera dentro del arca sagrada. Las aguas bajarán. La tierra quedará fecunda para cien generaciones, y la paloma nos traerá el ramo de olivo.
Asunción, Junio 2 de 1905.
[El Cívico, 2 de Junio de 1905, Inédito]