El dolor paraguayo

El dolor paraguayo

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Acusaban a Victoria de dormir en tierra, de frente a lo alto, y de creer las estrellas bastantes próximas para hablarles. La luna era la señora del cielo; un lucero vagamente rosado era el príncipe radiante; otro blanco y retirado era el pálido cirio; allá lejos palpitaban, casi imperceptibles, los puntos de fuego tenue que la visionaria nombró coro de muertas, y de extremo a extremo del horizonte flotaba por el inmenso espacio la gasa fosforescente de la Vía Láctea, o niebla de luz. Cuando la claridad enferma y fría de los astros bajaba hasta Victoria, y la noche hacía rodar sus magníficas gemas en silencio, la loca se sentía hermana de la belleza infinita y las voces celestiales la acompañaban al día siguiente, en plena solana abrasadora. Entonces andaba moviendo los labios, atenta a las presencias invisibles y la gente no podía separarla de ellas.

Se le acusaba también de no comer, de alimentar a mendigos y criminales, de conocer las virtudes secretas de las plantas y de preparar filtros de bruja. Lo cierto es que anhelaba curar a los niños dolientes y que muchas madres, después de mofarse de ella en público, la buscaban a escondidas y temblando, con las manos calientes aún de la fiebre de sus hijos.



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