El dolor paraguayo

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Pero lo fenomenal, lo grotesco, lo que provocaba carcajadas inextinguibles, era la virginidad de Victoria. Fea, casi decrépita, trastornada, ese harapo viviente había pretendido conservar su pureza y lo había conseguido. Había resistido veinte años a la temeridad de los mozos pujantes. Quería elegir el amor, ser prometida y esposa y tal monstruosidad, tal delito contra la naturaleza, garantizaba a los sencillos campesinos la demencia irremediable de su primera actriz.

Don Juan Bautista, joven doctor de la capital, vino al pueblo, compró un terreno y se puso a edificar una casa. Don Juan Bautista era rico, bello y tonto. Tenía partido con las muchachas. Victoria le vio y le adoró. El Príncipe radiante había descendido para ella del firmamento. Todas las manías dispersas de Victoria se juntaron en una, absorbente, feroz, la de amar a Don Juan Bautista y casarse con él. No ocultó sus proyectos: desatada y locuaz detenía a los transeúntes y les consultaba sobre los medios de satisfacer su única pasión.






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