El dolor paraguayo
El dolor paraguayo Espiaba horas enteras a Don Juan Bautista detrás de las tapias; se atrevió al fin, repugnante y trémula, a rogar que la dejara lavarle la ropa. No sabía planchar con lustre pero aprendió. El momento en que se acercaba a Don Juan Bautista y le entregaba, a él sólo, las camisas y los calzoncillos impecables, era el momento radiante y feliz de su existencia humilde. Jamás aceptó un centavo por su faena deliciosa. Otras veces traía a Don Juan Bautista la sandía helada o el dulce melón que halagan la siesta, o los sabrosos duraznos o simplemente tomates frescos, porotos, manteca, todo gratis, ¡y a costa de qué luchas, de qué lejanas peregrinaciones! Don Juan Bautista, jovial y satisfecho, se dejaba idolatrar.
La virginal timidez de Victoria le impedía expresar claramente sus deseos a quien se los inspiraba y los colmaría sin duda. Victoria anhelaba seducir a Don Juan Bautista, obligarle a declararse y a proponer el matrimonio. Ella no tendría entonces más que murmurar sí y caer en los vibrantes brazos del prometido. ¿Cómo hacer?