El dolor paraguayo

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El secretario de la municipalidad, un pequeño de cabeza de mono, le aconsejó que usara polvos y sombrero, como las señoritas de la ciudad. La loca se aplicó ladrillo molido en el rostro, y sobre el cráneo, en equilibrio, un sombrero colosal que los chuscos le regalaron, con plumas estrafalarias. Así marchaba Victoria, disfrazada y grave, en pos de su sueño, entre las risas de los vecinos. De primera actriz había bajado a ser la payasa, la bufona de la aldea.

Durante varios meses, sobre los pastos, parecido a un buque empavesado, osciló el sombrero ridículo, símbolo de una ilusión desesperada. Victoria enflaquecía, se desanimaba; sus pobre pies descalzos se cansaban de correr tras la quimera; el sombrero, agotado por la lluvia, abrasado por el sol, ensuciado y roto, inclinaba tristemente sus plumas marchitas. El Príncipe radiante continuaba mudo y risueño. ¡Ay! Cuando lucía allá arriba, inaccesible en las limpias noches de estío, era menos cruel.

La casa de Don Juan Bautista se terminó; la verja relucía, las flores del jardín doblaban con elegancia sus finos tallos. El dueño fue a la capital, se casó pomposamente y regresó con música. La señora era rubia, bella y tonta quizá. El pueblo quedó deslumbrado.

Victoria desapareció.


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