El dolor paraguayo

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Hay más todavía. Corre una leyenda vulgar. Mucho antes de que los caducos narradores guardaran las remotas reminiscencias que engarzadas en fábulas heroicas y pueriles nos alcanzaron apenas; cuando eran océanos las llanuras, islas los lagos, las montañas precipicios y geografía nuestra geología; cuando el planeta sufría intemperies y ardores esculpidos para nosotros en su rugosa piel, y animales de especies desvanecidas erraban por paisajes fantásticos donde hasta el firmamento era otro y tenían por cementerio, vaciados y fotografiados en las rocas, las entrañas futuras de la tierra, colocamos como antepasado nuestro un cuadrumano primo de los antropoides de África y de la Polinesia que brincaban a lo alto de extraños árboles y se transformaban después en el aborigen peludo habitador de cuevas. Es leyenda. Para un extenso público, Darwin habrá demostrado esa tontería, que descendemos del mono. Los sabios más probos no se libran del sucio contacto de la popularidad. Vulgarizadores de pacotilla y periodistas sin asunto han propagado un ridículo sólo favorable a los cristianos que descienden modestamente de Dios Padre Todopoderoso. Y siendo lo ridículo con visos de novedad brillante el alimento habitual de las inteligencias corrientes, se cree en estaturas primitivas colosales, en bíceps y masas inverosímiles. Los que imaginaron al final de la escala de los mamíferos un ojo en medio de la frente, no conciben la edad de piedra sin miembros recios como la piedra, y se figuran las cavernas albergando a seres capaces de disputar a los osos su domicilio. No obstante, ningún dato de buena ley confirma que nuestros abuelos fueran titanes: todo lo contrario.


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