El dolor paraguayo
El dolor paraguayo Contad nuestros huesos, nuestras uñas y nuestros dientes, medid nuestra talla y la longitud de nuestros saltos; apreciad la potencia de nuestros músculos y la resistencia de nuestros órganos. Los gladiadores del imperio y las lanzas torneales de la Edad Media harían ganar mucho dinero a un Barnum resucitado, pero tampoco harían mal papel en los juegos olímpicos nuestros deportistas de profesión, y en un asalto de lucha romana donde interviniera Paul Pons, no se apuntaría quizá las mejores apuestas Milón de Cretona. Mas no sólo permanecemos invariables en nuestras energías brutas, sino que nuestra figura mantiene un parentesco evidente con nuestros abuelos de la tradición. El suelo no es el lecho natural y definitivo de las naciones, No hay cielos bastante indulgentes, primaveras bastante suaves, cosechas bastante copiosas en abundancia y en delicia para retener a la multitud. No hay sierras bastante escarpadas, abismos bastante profundos, mares bastante pérfidos para detenerla. No hay dique al terror que la enloquece, a la ambición y a la codicia que la transfigura, a la curiosidad que la irrita, al tedio que la envenena. Caravanas que transportan el oro y expediciones que transportan el saber, bordas de pillaje y tribus fugitivas, lo que acomete, huye, vaga, arrebata o busca, los nómadas de ayer y de mañana, el Ashaverus inmortal es el que abre con sus pies doloridos los senderos del universal tránsito y tiende la red que cubre las latitudes y amalgama las plebes. El odio confunde las sangres en los campos de batalla y el amor las torna a confundir sobre los tálamos. El globo es un crisol donde las generaciones hierven. Y sin embargo, no hemos visto surgir del globo un tipo nuevo. No hemos sacado del crisol otras sustancias que las que en él entraron. La química de las épocas es impotente. Las razas, como el aceite y el agua, se mezclan sin combinarse. La inmensa y pintada trama de las poblaciones sobre los continentes está tejida con unos pocos hilos irisados y tornasolados, con infinita variedad, y nos es preciso, para descubrir su intrínseca sencillez, acercarnos a la enorme tela y mirar el cable recién cortado, teñido aún de su color primero. Así se yergue de pronto ante nosotros en la calle o en la senda campesina, un modelo de Fidias, un germano que acaba Tácito de retratar, un asiático de nariz aplastada y pómulos salientes, un árabe cuyos anchos párpados no se entornan ya bajo los pliegues del turbante. Inesperadamente, se manifiesta lo persistente de nuestra estructura. Somos, por lo común, en el caos étnico de nuestra era, formas fragmentarias, turbias e inestables, pero en nosotros está depositada la originaria medida, y, por eso, a veces resplandece aislada y pura. Cantan en nosotros rumores confusos, hechos siempre de las mismas siete notas; por instantes, una de ellas se desprende de su prisión pasajera y alza en el espacio su grito inconfundible. «Todo hombre, piensa Montaigne, lleva la forma entera de la humana condición».