El dolor paraguayo

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Y lo raro es que esos salvajes absolutos, anteriores al recuerdo humano, no eran tan salvajes como los de ahora. Los muros de sus viviendas pétreas están aún cubiertos de pinturas y grabados naturalistas, representando bestias tales como el mamut y el ursus spa leus, que se han extinguido para siempre, sin lograr sobrevivir al ligero trazo que las describía. En vez del mono padre, nos encontramos con el hombre hermano, no sólo hermano en el cuerpo, sino en el espíritu; embriagado ya por las visiones de su fantasía y presa del afán irresistible de proyectarlas sobre el más allá tenebroso que le acechaba y nos acecha. No deduzcamos exageradamente: ¿qué sabemos de aquel pasado casi impenetrable? El polvo recogido rascando aquí y allí la corteza terrestre, es poca cosa para reconstruir cientos de siglos. La paleontología, ciencia informe y monstruosa como su objeto, presenta hechos de índole diversa y de alcance problemático. Establece, por ejemplo, al desenterrar el portentoso espectáculo de la evolución de algunos terrenos, que mientras el hemisferio boreal desplegaba soberbiamente la vida, el austral la retardaba y empobrecía, concluyendo que, por la virtud de causas ignoradas, una mitad del mundo es, sin comparación, más fecunda que la otra. Y establece también hechos no imponentes y vagos, sino maravillosamente precisos y perfectamente inútiles, v. g., que el estado magnético del globo se halla, por decirlo así, archivado en las arcillas de las vasijas prehistóricas, de suerte que nos es dable medir el ángulo que hubiera señalado hace miles de años la brújula, si alguien en aquel entonces la hubiera usado. El instrumento de investigación es, pues, rudimentario y caprichoso, pero si algún resultado arroja es, sin duda, el de la identidad física de nuestra especie, el de la actualidad continua de nuestro molde plástico.


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