El dolor paraguayo
El dolor paraguayo Nuestra carne es la misma, lo mismo serán nuestros instintos fundamentales, crueldad, astucia, lascivia, pereza, que son el forro de la carne. El cuerpo es la estatua del alma, y si para el idioma misterioso y apenas deletreado de la fisiología hubiera diccionarios, dibujaríamos la arquitectura íntima de nuestras virtudes y de nuestros vicios. Las líneas de la estatua no se alteraron en el breve plazo de la historia; no se alteraron tampoco las líneas de la conciencia. La escultura antigua conserva su prestigio de documento vivo. Y pedimos lecciones a los moralistas inmemoriales del Oriente. No hemos perdido la adaptabilidad de nuestra diestra y dócil musculatura, ni la compleja vitalidad de nuestra mente susceptible de moverse en direcciones simultáneas. Tampoco hemos perdido un adarme de nuestra ferocidad combativa y sexual, de nuestra vengativa paciencia, de nuestro egoísmo indispensable. Yo no afirmaré jamás que el cerebro de Pasteur sea superior al de Arquímedes, el de Tolstoi al de San Pedro, ni el de Spencer al de Santo Tomás. Yo no propondré jerarquía alguna entre Maquiavelo y Chamberlain, Zola y Homero, Praxíteles y Rodin, Whistler y Leonardo de Vinci. Pero no admitiré que Bonaparte sea menos sanguinario que Atila… El sublime capitán de bandidos, cuando delante de la hoguera de Moscú, doblemente trágica en medio de la helada estepa, comprendió que no sólo de carneros se componía la Europa, y que su desprecio de gigante no bastaba a la desesperación de sus víctimas, olvidó un momento la farsa terrible de su cariño al soldado y la comedia de su patriotismo. Citaré textualmente una carta de José de Maistre, escrita en Rusia a Blacas el 13 de noviembre de 1812: «Los franceses, en los últimos tiempos, han comido carne humana. Se la ha encontrado en la mochila de varios prisioneros. El general Korff ha visto a tres que asaban a otro. Lo ha atestiguado en una carta que está aquí, y el emperador lo confirma». Carta del 24 de diciembre: «Imaginad, querido conde, un desierto de mil verstas cubierto de nieve sin ningún rastro de habitación humana; he ahí la escena. Allí la humanidad y la caridad misma son impotentes. Los franceses han cesado hasta de ser salvables, pues si se les calienta se mueren, y si se les da de comer se mueren también. Un médico francés, hecho él mismo prisionero, ha dicho que lo mejor que se podría hacer con ellos sería fusilarlos. Alimentados desde largo tiempo execrablemente, exhalan tal olor que no se puede acercarse a ellos a diez pasos, y que dos o tres de estos desgraciados son suficientes para hacer una casa inhabitable». De la misma carta: «Bonaparte, en el paso de la Beresina, apenas hubo puesto el pie en la orilla derecha, mandó quemar el puente. Se le hizo notar todo lo que dejaba al otro lado, unos veinte mil hombres y todos los bagajes. Respondió: “¿Qué me importan esos sapos? Que se arreglen como quieran”». Y después de Napoleón vino Bismarck. Con qué alegría indecente prendieron fuego a París los cañones del vándalo Bismarck; frente a la noble mansión del pensamiento y del arte, bañada en la gloria de diez siglos como en una claridad augusta, era el jefe del Norte que divisa estremecido de concupiscencia y de cólera bajo el cuero tosco de sus arreos, los tibios jardines de Italia, donde la voluptuosa blancura de los mármoles y la luz dorada de los frutos sonríen entre los sombríos laureles. El fiero testuz del invasor, demasiado espeso para entender, embiste para aplastar; sus dedos de ogro, demasiado groseros para la caricia, se desahogan en el estrangulamiento. Cuenta Plutarco, que cuando la Atenas del Ponto, Amiso, fue incendiada por las tropas de Lúculo, el general se precipitó a los mercenarios ebrios de saqueo ordenándoles, implorándoles que cesarán sus profanas violencias, que respetaran aquella obra insigne de una cultura adorada por Roma. Lúculo era un civilizado, mientras que Bismarck era un bárbaro, bárbaro de genio, como lo llamó Gaetano Negri, pero bárbaro ante todo. Inquisidor sin dogma, a raíz de la capitulación de Metz negó el cloroformo a los heridos franceses, imponiendo las torturas del bisturí y de la sierra a aquellos infelices manchados ya con la derrota. ¿A qué continuar revistando conquistadores? ¿No es la guerra crueldad? La crueldad guerrera alegaría la prolongación del oficio, el lujo del valor, la abrasadora temperatura que acompaña al meteoro. Convence mejor la crueldad reposada de los poderes normales, la crueldad administrativa. Es más instructivo bajar a las minas de Siberia, cruzar el vasto Imperio del martirio burócrata para echar una ojeada a los cuarteles prusianos y a las fábricas latinas y descansar del viaje en el hospitalario castillo de Montjuich, donde los guardianes civiles de S. M. retuercen los testículos a los presos.