El dolor paraguayo
El dolor paraguayo Me dirijo a un auditorio compuesto en su mayor parte de personas cuyas familias emergen apenas de una noche de horror, y esto me dispensa de insistir en lo que se refiere a las Repúblicas americanas, las cuales, gracias a la circunstancia pintoresca de las Constituciones liberalísimas, resaltan en toda su limpieza la crueldad caudillesca de los departamentos. Son hijas legítimas de España, de la España neta de los pronunciamientos, de aquella España en que Narváez moribundo contestaba al cura confesor que le exhortaba a perdonar a sus enemigos:
—No los tengo, padre.
¿Cómo, hijo mío?
—Sí; los he hecho fusilar a todos.