El dolor paraguayo
El dolor paraguayo Es más eficaz aún para palpar nuestra crueldad perdurable, confrontar la de los débiles con la de los poderosos, espiarla en el funcionamiento regular de las costumbres, olfatearla bajo la hipocresía rapaz de las relaciones sociales. Observaremos la descomposición general de los hogares, donde los esclavos del despotismo económico alivian la exasperación de sus nervios con la injuria a las mujeres y a los niños; notaremos que la máscara a medias de la cortesía deja filtrar miradas siniestras y que el encanto de los salones reside principalmente en el progreso de la difamación y en la habilidad de la calumnia; comprobaremos que el chantaje sostiene a los dos tercios del periodismo; tocaremos constantemente este hecho universal; la honda sensación de bienestar que nos produce la desgracia ajena. El síntoma fulminante de la crueldad colectiva es que las únicas fiestas capaces de juntar a los mendigos y a los millonarios, a los lacayos y a los príncipes, a los imbéciles y a los intelectuales, son las fiestas de peligro, de sangre y de muerte: corridas de toros, riñas de gallos, de boxeadores, de fieras; gimnasias asesinas, en que una distracción, un titubear imperceptibles son la catástrofe. El que no ha presenciado en un hall de París o de Londres el Círculo de la Muerte, ese desplome delirante de un cuerpecito de muchacha lanzado al despeñadero artificial; el que no se ha fijado en el sudor lúbrico de los rostros, en el rayo implacable de las pupilas hambrientas, en la tensión estallante de dos mil seres modernos, pertenecientes a todas las clases, a todos los países, a todas las carreras, magnetizados por la inminencia del desastre, no sospecha la reserva de crueldad estancada en nuestro organismo, ni el infierno silencioso de nuestras pasiones comprimidas. Al circo de la campaña ruso-japonesa asistió la humanidad que lee los diarios, seducida por la matanza; cada día el telégrafo distribuía por la redondez de la tierra una ración fresca de barbarie, devorada en seguida, mísera pitanza para tantas garras y fauces ociosas. Pero las conquistas coloniales son síntesis perfecta de la crueldad común. Enfrente de razas indefensas, el colono de sable, lejos de la metrópoli y de los hábitos ciudadanos, escapa a los lazos tenaces y múltiples que desmenuzaban su crueldad disimulándola, y se entrega a excesos increíbles. Así, a fines de la Edad Media, los católicos «hicieron reaparecer la esclavitud con el tráfico de negros y el trabajo en las minas de América; de tres millones y pico de desdichados, cincuenta mil fueron arrojados al agua, mientras que el resto era condenado a una miseria y sufrimientos crueles en las minas o a gemir bajo el látigo en los cañaverales y arrozales» (Blavatcky). Según Bancroff, en nombre de la Santísima Trinidad firmó el gobierno español más de diez tratados autorizando la venta de quinientos mil seres humanos. Ahora ocurre poco más o menos lo mismo. Si la gente de Pizarro o de Cortés corría a los indios con perros de presa, los yanquis, de cuyas empresas contra los filipinos tendremos pronto noticia detallada, se ensayaron en los pieles rojas, aprendiendo de ellos a desollar cadáveres, y los oficiales franceses matan el aburrimiento en Madagascar cazando panteras, para lo cual ponen de cebo, atada en un tronco, una niña indígena. El refinado del siglo XIX, ante las tribus salvajes que ha ido a redimir, se ha mostrado lo que es verdaderamente: un salvaje, un hombre. «Los pueblos que llamamos bárbaras, dice Anatole France en su libro reciente, no nos conocen todavía más que por nuestros crímenes». ¿Crímenes? No. La crueldad es necesaria, y lo necesario no puede ser malo.