El dolor paraguayo

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No seguiré con la rapsodia paralela de la crueldad sexual y de la astucia: el balance sería equivalente. Veríamos que hemos ennoblecido la prostitución y que hemos consagrado la mentira denominándola diplomacia, la cual, por boca de Talleyrand, murmura que «el lenguaje es dado al hombre para disfrazar su pensamiento». Dos mil años después de contratar para la deshonra de Cicerón a aquella desenfrenada Clodia «que había adquirido en los bordes del Tíber una quinta donde los jóvenes iban a bañarse desnudos y que en su casa vendía y compraba la lujuria, haciéndose pagar de una parte de sus amantes lo que le costaba la otra», conseguimos aniquilar al ilustre Parnell envolviéndolo en un proceso por adulterio que es un prodigio de saña. Iguales complots domésticos, iguales complots políticos. Los procedimientos cambian, el carácter perdura. Jamás los escándalos se han preparado con tal maña; jamás se han tendido los individuos y los pueblos trampas tan viles. Los Estados Unidos están en este momento robando a Cuba; cierto que es burda su estrategia y que los pretextos que aducen hacen reír, mas la cuestión de Oriente, esmaltada de trecho en trecho por las carnicerías de Armenia y Creta, acumula desde medio siglo atrás la más extraordinaria lista de discretas infamias que hayan nunca cometido embajadores cristianos. Y el Vaticano, ¿acaso no fue siempre una insuperable cátedra de jesuitismo? Lammenais no esperó la novela del defensor de Dreyfus para escribir a su amiga la condesa de Senft: «Roma es un desierto moral… ruinas bajo las cuales se arrastran, como inmundos reptiles en la sombra y en el silencio, las más viles pasiones humanas». Lammenais se indigna tanto porque no reflexiona que en todo tiempo ha pasado lo propio, y no solamente en la sagrada Roma.


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