El dolor paraguayo
El dolor paraguayo El progreso no existe. Habrá existido prehistóricamente, existirá tal vez, pero no existe. Si el hombre tuviera una intuición más clara de su destino; si su alma hubiera abordado el alma de la Naturaleza y su dolor al dolor hermano; si el enigma de la muerte y la furia de la vida hubieran levantado en las brumas de su espÃritu imágenes más serenas y más altas; si la incertidumbre hubiera purificado su conducta; si hubiera incorporado su vientre sobre el barro y su razón sobre su vientre; si fuera siquiera más feliz, hubiera progresado. Es axiomático que el arte no progrese; para su divino fruto no hay sino un otoño, y su simiente invisible no puede acapararse. Es que el arte está más próximo a nuestra realidad interior. La inteligencia no es nada; una herramienta inmóvil. El problema del mundo es un problema moral. Por eso, a pesar de nuestro dominio creciente sobre la materia y de las dimensiones monstruosas de nuestra civilización, la silueta de Jesús está siempre en la cumbre inaccesible; Jesús era una energÃa estrictamente moral. Nadie ha penetrado en las regiones donde él penetró; después de él nada nuevo ha sucedido a la humanidad. El contraste entre la esterilidad de nuestra conciencia y la suntuosidad de nuestras riquezas exteriores ha engendrado nuestra filosofÃa pesimista y nuestra literatura humana, Somos como el potentado a quien persigue una dispepsia o un remordimiento, del que sus millones no le logran desembarazar. No es sorprendente que Lacios, un segundo Chamfort por sus ironÃas, achaque a flojedad orgánica la aparente moderación de nuestra cultura, y estampe «que todos los hombres son igualmente perversos en sus planes; la parte de debilidad que ponen en ejecución, la llaman honradez». Pierre Loti dice que el progreso se reduce a «la propagación del alcohol, de la desesperación y de los explosivos». Considerad que Loti y otros desengañados no son apóstoles; no partieron con el designio de fundar secta, sino de extraer lo bello; no son de esos ascetas iluminados que conminan su siglo, sino escritores observadores y prácticos, familiarizados con la acción. Loti es un oficial de marina que ha paseado por los rincones del planeta sus ojos escrutadores y frÃos, su sensibilidad aguda y cultivadÃsima. Su temperamento de poeta instruido le ha facilitado una impresión integral penosa, preñada de fealdades y contradicciones. No se le ha ocultado que nuestra opulencia mecánica y nuestro cesarismo capitalista están yuxtapuestos a una miseria ética y estética indiscutible. Y con él, aunque no acertemos a expresarnos tan vivamente, sentimos todos los que hacemos algo más que digerir. Sentimos que nuestro florecimiento metálico y nuestras victorias ciclópeas son un fenómeno externo: que nuestro progreso no es humano. Comprendemos que los pueblos se desarrollan sucesivamente sin enterarse de que son las condiciones del medio social y del medio geográfico las que determinan el porvenir; de que la flexibilidad estupenda del sistema nervioso y la galerÃa sin fin de las fórmulas intelectuales se adaptan con igual soltura a cada obstáculo que se presenta. Nuestra mente es un luminar que camina: según nos rodea el vacÃo desolado o las mil gemas de la gruta, asà caminan también en torno de nosotros tinieblas opacas o resplandores mágicos. El rÃo de la humanidad en que ruedan siempre las mismas lágrimas de sufrimiento o de esperanza, refrena o acelera su corriente, según roza la arena o el peñasco; muda el tenebroso cuadro que refleja según se aclara u oscurece el cielo. Nuestra especie parece haberse fijado; es una especie en el sentido anterior a Lamarck, sentido desacreditado después y que, por reacción contra las exageraciones de Haeckel, recobró mucho de su boga. Otras especies, ya posteriores, ya desmesuradamente más viejas, se han petrificado en su efigie obstinada; mas si la abeja edifica perpetuamente sus panales, de igual modo el hombre tampoco cambia de efigie. ¿Y quién sabe si la decadencia de las naciones y de los individuos proviene de que se arriesgaron a alejarse excesivamente de sà mismos y se perdieron y se volvieron incapaces de moldear el mundo? Entonces Proteo abdica. Las probabilidades concluyen y las salidas se cierran. La marea del mar insondable le ahoga. Para sus voces de socorro no hay oÃdos. Quizá le salvarÃan los genios, pero son incomunicables, como las estrellas. La quimera del progreso se derrumba. El ciclo aislado que cada civilización cumple se acaba, y otra comienza o ha comenzado ya. Y nosotros, ¿qué ciclo iniciamos? ¿Qué elemento extraño, venido del caos, avanza hacia nosotros, destinado a ser nuestro siervo o nuestro verdugo? La máquina.