El dolor paraguayo
El dolor paraguayo »Y en esta indiferencia y en esta incomprensión total en que permanece todo lo que nos rodea, en este mundo incomunicable donde todo tiene su objeto herméticamente encerrado en sà mismo, donde todo destino está circunscrito en sÃ, donde no hay entre los seres otras relaciones que las de verdugos a vÃctimas, de comedores a comidos, donde nada puede salir de su esfera estancada, donde la muerte sola establece crueles lazos de causa a efecto entre las vidas vecinas, donde la más ligera simpatÃa no ha dado jamás un salto consciente de una especie a otra, sólo, entre todo lo que respira sobre esta tierra, un animal ha logrado romper el cÃrculo fatÃdico, evadirse de sà para saltar hasta nosotros, franquear definitivamente la enorme zona de tinieblas, de hielo y de silencio que aÃsla cada categorÃa de existencias en el plan incomprensible de la Naturaleza. Este animal, nuestro buen perro familiar, por sencillo y poco asombroso que nos parezca hoy lo que ha hecho, al acercarse tan sensiblemente a un mundo en el cual no habÃa nacido y para el cual no estaba destinado, ha cumplido, sin embargo, uno de los actos más insólitos y más inverosÃmiles que podamos encontrar en la historia general de la vida»… Hay que decir aún más: no es sólo la vida lo que tocamos en la mirada del perro, no es sólo con una especie con la que comunicamos, sino con todas las especies, las plantas, la tierra, los astros. No es la inteligencia de nuestro amigo, muy inferior a la de la hormiga, lo que le ha designado para su anunciación extraordinaria; es otra cosa. Está en sus ojos la probabilidad de que la Naturaleza no nos es adversa; en ese fulgor fugitivo luce una esperanza. Para el que se ha inclinado una vez sobre esas pupilas húmedas, no es un sueño vano la unidad del Universo.