El dolor paraguayo
El dolor paraguayo Cierro el paréntesis y continúo estudiando las energías que el hombre ha conquistado. Hasta ahora comprobamos que el incremento del total disponible y de la velocidad obtenida caracterizan nuestra época. A estos dos rasgos se añade otro: la economía, que ha originado la regularidad y la delicadeza de los mecanismos. Esa ley de aprovechamiento, correlativa del teorema físico de la mínima acción, es el alma de la máquina. Si hemos salido del artefacto elemental, palanca, rueda, polea, tornillo; si estamos renunciando al empleo rudimentario de nuestros músculos y los de los animales, del empujar incierto de los vientos y de las aguas, no es por un superávit de potencia, sino por un déficit que había que escamotear con disposiciones ingeniosas, obligados como estábamos a hacer frente a contrarios cada vez más temibles. El frío y la aridez de los países sajones son padres de sus ingenieros. Los esclavos orientales introdujeron en Roma innovaciones incesantes, de naturaleza mecánica, y el secreto del éxito de los jesuitas en todas las latitudes consiste en que son buenos arquitectos y buenos industriales, en que la disciplina brutal de la compañía los ha convertido en herramientas insustituibles. La más fútil y graciosa de las ornamentaciones modernas es bija de alguna necesidad insoportable. Cuando contempléis un detalle de construcción inesperado, un motivo decorativo oportuno, una acertada ocurrencia de metal o de arcilla, pensad: alguien ha sufrido. El más leve y alado destello de vida procede de la muerte que apremia. Así el vasto batallar del hombre consigo mismo y con la casualidad rebelde le ha hecho ahorrar sus recursos, y afilarlos como un arma para abrirse paso. Hay demasiada piedra en las Pirámides; la columna, el arco y la ojiva han ido espiritualizando la roca, y el hierro del siglo XIX ha sabido reunir, en el menor peso posible, la mayor cantidad posible de inteligencia. La torre de Babel, levantada para desafiar a Dios, haría sonreír a los contemporáneos de la torre Eiffel. Y lo que ocurre con la masa ha ocurrido igualmente con la fuerza. Las máquinas antiguas nos sorprenden por el derroche de trabajo malgastado. Son torpes y ruidosas. El adelanto, más aún que en aumentar la energía, reside en distribuirla mejor. Los físicos se aplican a reducir los choques, las vibraciones, los rozamientos que absorben sin provecho alguno la potencia disponible. Por eso los formidables mecanismos modernos, avaros de su poder, son tan brillantes, tan rápidos y tan silenciosos.