El dolor paraguayo
El dolor paraguayo El dinero, esa energía social que un lazo lógico ata a las energías naturales, ha evolucionado análogamente: crecimiento, velocidad, precisión. El activo del mayor imperio antiguo no pasaba de unos 200 millones de francos, menos que Suiza o que Bélgica. Francia, por ejemplo, tiene su presupuesto de 4000 millones y la fortuna privada de los franceses asciende a 220 o 225 mil millones. Advierto que el valor del oro no ha variado mucho, por haber crecido proporcionalmente a las producciones de todo género. En el fausto exorbitante del siglo IV, había capitalistas de 3 o 4000 millones como ahora. Pero la diferencia está en que esas moles se movían poco, mientras que las actuales circulan velozmente. Los tesoros dormían en los palacios; a la muerte de Julio César se hallaron en su casa 100 millones de sestercios. Dormían sobre todo en los templos. Nuestros templos son los Bancos; en ellos se aglomeran tesoros incalculables, que en lugar de ser testimonios rígidos de un ideal religioso son agentes inquietos de un ideal materialista, y fluyen sin reposo. El oro era grasa, hoy es sangre, y su riego alcanza hasta los confines del globo. El dinero marcha también hacia la máquina.