El dolor paraguayo

El dolor paraguayo

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A medida que el dilema de Hamlet nos estrujaba contra el surco extranjero, nos acorralaba en los pozos de las nuevas minas o nos aventaba a playas remotas, la aventura nos hacía costear precipicios siniestros en cuyo borde no crece la hierba, testigos de convulsiones posibles a cualquier instante. Vimos cráteres en ruinas, cenizas errantes del fuego jamás apagado, que acá y allá, sobre las viñas y los olivos clásicos, entre las nieves inaccesibles de las cimas o a través de las aguas del mar, asoma de repente su cabellera fulgurante. Y atendimos a la palpitación secular de la corteza terrestre: orillas que se van sumergiendo, ciudades muertas bajo las olas, montes que llevan en su antiquísimo lomo el osario curioso de los animales marinos, continentes dislocados poco a poco, islas que surgen y lagos que se ensanchan, toda la respiración enorme del monstruo dormido. Y todo era movimiento. Nuestros pies incansables y la quilla heroica de nuestros barcos abrazaron la tierra y la suspendieron; el planeta se desplomó en el piélago sin arriba ni abajo, en el abismo total. Su estela solemne fue la elipse que esperaba, prisionera en los libros desde hace dos mil años, el advenimiento a la dinámica: fue la línea inmóvil que se convirtió en trayectoria, y que dejó de representar la forma para representar el movimiento. Y aprendimos que el sol nos arrastra con él a lo largo de una órbita de centro ignorado, y que las estrellas no son clavos de cabeza dinámica, hundidos por la mano de Dios en la bóveda celeste, sino colosales antorchas lanzadas vertiginosamente a través del negro espacio. Y las nebulosas, en los archipiélagos del océano sideral, giraron en espirales de soles sin número. Lo infinitamente grande era movimiento. Ese movimiento se insufló en la estatua vacía de la razón, conmoviendo los moldes de nuestra inteligencia, y nos fue dado marcar y prever con exactitud maravillosa los episodios del firmamento. Al mecanismo de los astros respondió el mecanismo de la matemática. Se estremecieron los símbolos. Las curvas fueron rastro de proyectiles; nació el concepto de fuerza; y los algebristas se pusieron a construir instrumentos. Galileo ensayaba el telescopio y echaba los fundamentos de la estática, Huyghens perfeccionaba los relojes y Newton, el relojero de los mundos, sembraba la física futura en la fluxión con el cálculo de las variaciones infinitesimales omnipresentes. Nuestros sentidos conmutados en el de la vista, que es el analítico por excelencia, caminaron por los tubos y las redes de los aparatos y llegaron al extremo opuesto de la creación. Y no hallaron más que movimientos combinados. El microscopio reveló la agitación incesante de todas las granulaciones abandonadas a sí mismas en el seno de los líquidos. La química nos compelió a adivinar las moléculas, astros al revés que se deslizan, pasan y se precipitan perdurablemente, que en los gases bombardean a velocidades locas las paredes que los encierran. Los cuerpos sólidos fueron destituidos de su solidez. Las sustancias que nos parecen más inertes, el vidrio y los metales, ocultan en sus macizas entrañas una vida sorda y tenaz, según la cual durante meses y años, viajan los átomos a distancias increíbles, cambiando la estructura de la masa. Y en el corazón mismo de la materia, en el átomo al principio idéntico e indestructible, sospechamos una transformación continua, una organización compleja y mudable, una vibrante gama de eléctricas pulsaciones, bellas quizás como las conflagraciones solares más soberbias. Lo infinitamente pequeño era también movimiento, Y el movimiento reaparecía en nuestro esqueleto desmontable, en la sangre que latía en las arterias y en la voluntad y el pensamiento que acudían por las fibras nerviosas con velocidades que supimos medir. En el terreno biológico renegamos la noción de especie inamovible para adquirir la de especie cambiante, elásticamente dócil a incontables causas de mudanza. Huxley, Wallace, Darwin, anglos como Newton, se atrevieron a diseñar las órbitas de los seres en la inmensidad del tiempo. El Universo, las plantas, los animales y los hombres, fueron otras máquinas.


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