El dolor paraguayo

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Una máquina es una unidad. La elevada preocupación de la unidad cosmológica había presidido a las concepciones religiosas del Oriente y había inspirado la más ingenua entre aquellas escuelas de la Grecia ilustre, comentada después por los gnósticos y por los teólogos cristianos. La unidad mecánica de todo exigió a nuestra mente arranques desesperados. Había que pasar de lo cualitativo a lo cuantitativo; no era con palabras con lo que había que guerrear, sino con hechos: había que traducir esa unidad en cifras. Las balanzas y los termómetros tenían que delatarla, las agujas tenían que señalarla con sus índices agudos, los lentes y los prismas tenían que retratarla con trazos y colores. Y así fue. A lo largo del calvario lento fuimos identificando el calor y las reacciones químicas con el movimiento molecular, la luz con el movimiento del éter, el calor con el trabajo cinético, el magnetismo con la electricidad, la electricidad y el magnetismo con la luz y con las afinidades químicas, el calor y el movimiento.







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