El dolor paraguayo
El dolor paraguayo El rojo se diferenció del azul por un guarismo, y por otro se diferenciaron el rayo de la tempestad y el melancólico rayo de luna. Los elementos simples en que se habían descompuesto los cuerpos todos estaban apresados por la ley de acero de Mendeleeff. Leverrier, alzando la cabeza de sus fórmulas, decía a los astrónomos: Mirad hacia aquel rincón del cielo sombrío, encontraréis un mundo cuyo peso tengo aquí escrito de antemano. También Mendeleeff decía a los centinelas del laboratorio: Buscad hacia ese lado de la materia, encontraréis una nueva sustancia. Pero no bastaba; no bastaba que el espectroscopio, tamizando en un tejido de apretadas rayas la ola luminosa, mensajera del infinito, nos anunciara que los astros que nos contemplan desde los confines de lo creado tienen hidrógeno, carbono y hierro como nosotros. No bastó la identidad de los elementos en su primer origen. Hace veinticinco años que Sir Norman Lockyer descubrió en el sol un elemento desconocido, el hélium. Mucho después Rayleigh estableció que por nuestra atmósfera vagaba un gas que en la proporción de uno por ciento había sido basta entonces confundido en el hidrógeno. Resultó que no era sólo un gas inerte el que había escapado a la penetración de los químicos sino cinco, el último de los cuales era precisamente el hélium. Era lógico que así como cuerpos conocidos en la tierra se obtenían más tarde en el sol, se obtuvieran cuerpos extraños en el sol que más tarde se volvieron a obtener sobre la tierra. Más extraordinario es lo siguiente: en 1904 Ramsay y Soddy demuestran que el hélium se forma de una emanación gaseosa del radium. Fenómeno único: «el sueño de los alquimistas, si no realizado, al menos justificado. Bajo nuestros ojos un elemento se convirtió en otro elemento». La identidad de la materia se apoyó en una evidencia experimental. Y no obstante se había hecho ya algo mejor que identificar la materia: se la había suprimido. Lord Kelvin borró la materia de la realidad y se quedó con el éter. Los átomos no son sino nudos, remolinos de éter que conservan largo tiempo su actividad y su forma, puntos semisimbólicos donde se condensan las cargas eléctricas. Nada resta del Cosmos más que la infinidad del éter, cruzada, sacudida, surcada, retemplada con la innumerable multitud de ondulaciones, emanaciones y radiaciones estudiadas y por estudiar. Síntesis fulmínea en que apareciendo el éter como un simple soporte dialéctico, el Universo se reduce a movimiento puro. ¡Qué sacrificios para alcanzar la cumbre! Nuestra sagrada inteligencia se destrozó en la lucha; se metamorfoseó sucesivamente en todos los mecanismos que creaba: alerta siempre, se somete hoy a un esfuerzo más para interpretar el desconcertante problema del radium, enigma ubicuo que ha venido a arruinar el principio de la conservación de la energía; se crispa otra vez para comprender la aparición repentina de las especies en las capas geológicas y en los experimentos del insigne Vriles, inventor del concepto de mutación que quizá sustituya al de evolución. Nuestras ideas de espacio y de cantidad se retorcieron para marcar el relieve terrible de los fenómenos. Hubo que violar el postulado de Euclides, imponer a los sentidos deformados la cuarta dimensión, hincar entre lo infinito y lo finito la cuña de lo transfinito, manejar lo imaginario y desarrollar lo absurdo con método inflexible. Pascal, que lo ha dicho todo, profetiza que un día el principio de contradicción estará de sobra. Y ciertamente que por dar la unidad al mundo hemos en ocasiones atentado a la unidad de nuestro ser. El concepto de verdad mismo se ha desvanecido; la ciencia es un desfile sin fin de hipótesis, moldes cada vez más amplios, destinados a cuajar mayor número de hechos. Todas las hipótesis son verdaderas, todas son falsas, ondas que se ensanchan y mueren unas detrás de otras lejos de la esperanza y de la paz. La realidad es lo que las máquinas opinan. No hay sino el rodar desmesurado y eterno de la máquina, el rodar mortal en que la razón humana no sabe si es la honda o es la piedra.