El dolor paraguayo
El dolor paraguayo Y la humanidad se hace máquina ella misma. Es que las máquinas salieron del apetito, de la codicia y de la ambición. Es que ellas trajeron el pan y el lujo, la victoria y la venganza. Es que ellas nos emanciparon del medio y nos narraron al oÃdo el sueño sublime de encadenar a la Naturaleza. Es que ellas han hecho que los torrentes devastadores se paren a regar jardines y que los vientos indómitos empujen las carabelas inmortales; han despertado a golpes de pico el negro titán que dormÃa en las entrañas de la tierra; han aprisionado la centella salvaje, que en vez de asesinar lleva el pensamiento por un hilo, y en vez de cegarnos un instante ilumina confidencialmente las noches de estudio, de dolor o de ensueños; han barrido a los invasores y han agujereado las montañas; han hecho el perenne milagro de aniquilar el tiempo y la distancia, y de multiplicar el alimento y la vida. Nos han persuadido de que el Universo es nuestro cómplice, y de que jamás encontraremos en las retortas nada que nos disminuya. La energÃa de las máquinas nos parece una prolongación de nuestra voluntad, de nuestra dirección y de nuestro designio. Embarcados en ellas hemos avanzado en la sombra, hemos descendido al abismo, hemos arrancado al misterio cosas informes para esculpirlas después. Armados de ellas hemos agrandado la armonÃa alrededor de nuestra inteligencia, y por cada paso nuestro hacia adelante, ha retrocedido otro la casualidad. El fuego, la pólvora, el vapor y la electricidad cumplieron lo que prometÃan, lo que jamás hirieron las divinidades y los reyes. Por eso los hombres se consagran a la máquina; por eso cada hombre será una rueda y su deber consistirá en un engranaje. Por eso el mecanismo regular del oro va sustituyendo al mecanismo espasmódico de la guerra, y la sociedad entera va organizándose como una imponente empresa industrial.