El dolor paraguayo

El dolor paraguayo

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La máquina fue quien mató a los monarcas y a los dioses: el movimiento mata a lo inmóvil y lo que trabaja mata a lo imposible. Una tras otra cayeron y caerán nuestras rigideces inestéticas, chicas o grandes, religiosas y públicas. Los bloques de una pieza sobre los cuales construimos nuestros efímeros reductos morales fueron aislados, socavados y cubiertos por la inundación dinámica. Oíd la inmutabilidad de Dios cantada por Fenelón: «… Vos sois, y se ha dicho todo… Yo no soy, Dios mío, lo que es; ¡ay!, yo soy casi lo que no es; me veo como un medio incomprensible entre la nada y el ser; yo soy lo que ha sido, yo soy lo que será, yo soy lo que ya no es lo que ha sido, yo soy lo que todavía no es lo que será; y entre estos dos, qué soy, un yo no sé qué, que no puedo coger, que se escapa de mis manos, que ya no es desde que quiero cogerle o percibirle; un yo no sé qué, que acaba en el instante que comienza, de suerte que no puedo ni por un solo momento hallarme fijo a mí mismo, presente a mí mismo, para decir simplemente: yo soy; así mi duración no es otra cosa que un perpetuo desfallecimiento». Hoy, el creyente de la máquina, diría: —Soy un perpetuo desfallecimiento, y tú eres lo inmutable; por lo mismo yo soy necesario y fecundo, tú eres inútil. Existes y se ha dicho todo; por lo mismo no existes—. Y los dioses parásitos desaparecieron. Las flechas de los campanarios están en soledad. Las oraciones no llegan hasta ellas. Los templos, a veces rebosando de cuerpos, están vacíos de almas. Se es católico por costumbre o por política. De una secta que dominó la civilización no queda más que un partido, un negocio. Se acabaron los santos y los herejes. Somos ya incapaces de construir una catedral que no sea ridícula, y de escribir un libro místico que no sea grotesco. El colosal cadáver está tibio aún, pero nadie se engaña.


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