El dolor paraguayo

El dolor paraguayo

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Señores: jamás ha sonado en la Historia hora tan trágica. Todas las luchas de ayer, luchas de conquista religiosa o de conquista guerrera, fueron luchas humanas; ahora la humanidad comienza la lucha con algo extrahumano: la Naturaleza. Se concluye o están por concluirse los combates dentro de la isla; se acerca el gran combate con el mar tenebroso. Toda nuestra evolución pasada parece en vista del duelo definitivo. Y al primer contacto, amor u odio entre la Naturaleza y el hombre, se engendró la máquina, monstruo híbrido que enrosca en el seno del caos las raíces oscuras de su materia y de su energía cautivas, y en cuya forma resplandece la inteligencia humana. La mole cierra el horizonte y se agiganta cada día. No podemos comunicar con el más allá, batirlo y enamorarlo sino a través de la máquina; el más allá a través de la máquina nos acecha, nos seduce o nos amenaza. La máquina es la frontera común, el arma, el escudo y el signo recíprocos, la puerta por donde entra la vida o la muerte, el extremo inteligente de la realidad y el extremo real de nuestra alma. Muy necesaria debió ser la máquina a nuestro destino y al destino de la Naturaleza misma, para hacernos renunciar al progreso humano y resignarnos a la servidumbre cruel del trabajo automático. Muy necesaria era cuando nos arriesgamos temerariamente a maniatar los instintos fundamentales de nuestro ser y a represar en nuestros débiles depósitos las fuerzas misteriosas de lo desconocido. Sobre el abismo tendimos un puente. En la máquina chocarán quizá mañana, dentro de mil siglos, nuestro verdadero espíritu y el verdadero espíritu de la Naturaleza. ¿Quién sabe? Vivir es creer. Nuestro heroísmo está hecho de nuestra ignorancia. Nos sentimos en marcha, en marcha eterna. El soplo de lo irreparable acaricia nuestras sienes sudorosas.


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