El dolor paraguayo

El dolor paraguayo

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No hay bienestar colectivo. Hay bienestar de una clase, cuyo dogma forzoso es la propiedad. ¿Cómo ha de resistir la mente del propietario a la virtud operatoria de la renta? Ayer poseíais uno, y hoy, sin más molestia que la de cruzaros de brazos, poseéis diez. Es el milagro burgués de los panes y de los peces. «Donde esté vuestro tesoro, allí estará vuestro corazón». El propietario sabe que su alma de oro es inmortal. Sabe que después de muerto y enterrado continuará manejando sus bienes. Los bienes son el bien. La propiedad es Dios. El Banco es el templo. La sagrada escritura económica es el código, que manda al pobre seguir siendo pobre, y al rico seguir siendo rico. Jamás, en ninguna parte, aplicó secta alguna con semejante intransigencia un texto de teología. Los jueces de Buenos Aires han castigado con cuatro años de cárcel a un infeliz que había sustraído un dedal, y con seis a otro que se había apropiado un pantalón. Por robar dos flacas gallinas, se ha dictado recientemente en La Plata una condena a dos años de prisión mayor. Se reserva la piedad para los homicidas románticos y la envidia para los ladrones legales. El ratero hambriento es un can rabioso. No busquéis en la Argentina presidentes Magnaud, que suavicen, al calor de la verdadera justicia, la barbarie anacrónica de las leyes. La pobreza es una circunstancia agravante y una presunción del delito.


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