El dolor paraguayo

El dolor paraguayo

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Las taras hereditarias del poseedor argentino agravan la virulencia de su culto a la propiedad. El latino —ateo, supersticioso o fanático— es mucho más inteligente que el anglosajón —de religiones bajas, compactas y sólidas—. El latino es múltiple, irregular, burlón, escéptico y entusiasta, indolente y convulsivo, ingenioso, embustero. El anglosajón es torpe, homogéneo, unilateral, obstinado, recto, leal. El latino inventa leyes bienhechoras, pero el anglosajón, el que las adoptó sin entenderlas, las adapta y las cumple. El latino imagina la libertad, pero es el anglosajón el que la disfruta. El latino —y el español, sobre todo— es irrespetuoso con las personas, agresivo, inquisidor. El anglosajón se abstiene de molestar a sus conciudadanos. Incalculable trascendencia de tan sencilla actitud: abstenerse —es decir, ahorrar y utilizar las energías que los latinos evaporan en aborrecerse, perseguirse, arañarse e increparse entre sí—. El latino asocia las ideas, pero el anglosajón asocia los hombres. El anglosajón procura obedecer con idéntica solicitud todas las leyes, porque es honrado. El latino obedece unas sí y otras no, porque es tramposo. Así como en España los únicos reglamentos que se cumplen son los relativos a las corridas de toros, en la Argentina las únicas leyes que se cumplen —¡y con qué felina precisión!— son las relativas al confinamiento económico de los desheredados. Las libertades políticas, ilusión, desahogo del obrero tímido, no se han conocido nunca en Sudamérica. De México al Cabo de Hornos reina una tiranía de mercaderes. Entresaco de mis apuntes de actualidad de 1909.


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