El dolor paraguayo
El dolor paraguayo A fuerza de vivir en compañía de ellas, han podido los campesinos arrancar alguno de sus secretos a las plantas. Por distinto que parezca el mundo vegetal del mundo animal, hasta el punto de haberse inventado, para explicar la presencia de tan extraños seres en nuestro planeta, la curiosa hipótesis de gérmenes siderales traídos por aerolitos o piedras del cielo, ello es que algunas relaciones ya prácticas, ya simbólicas ha descubierto la ingenuidad de los pueblos entre el hombre y los más humildes organismos de la tierra.
Todas nuestras enfermedades tienen su remedio en las yerbas del campo. Esta verdad que la medicina no acepta, empeñándose en apelar a la química y a la bacteriología, la saben los paraguayos no contaminados por la civilización. Para reconocer los medicamentos naturales, que crecen en los abiertos prados o en el misterio de las selvas, es indispensable el cándido corazón de los brujos, los curanderos y los locos. Ellos ven lo que nosotros no vemos, lo que nuestra inteligencia nos oculta, según la admirable frase de Anatole France. Conviene igualmente la pureza y la fe para que el remedio salve. No se salva el que quiere, sino el que lo merece, y nada es tan respetable como esta armonía entre la justicia y la ciencia. El que no tenga fe que acuda a los médicos.