El dolor paraguayo
El dolor paraguayo Lo que presta un sabor dramático a la escena colectiva es, en los propietarios-dirigentes, su ignorancia de las formidables realidades que les rodean. Ignorancia sentimental en primer término: su género de vida les incapacita para representarse las congojas y las rebeldÃas del proletariado. ¿Cómo, los que únicamente se apuran por el precio de los automóviles o de los rubÃes, comprenderán el sufrimiento del hombre que no puede hacer remendar sus zapatos o de la hembra que no puede ofrecer una taza más de leche a su hijo? Unos cuantos niños ricos remitieron a La Nación ropas viejas para los niños pobres, con esta postdata: «Las que no crea conveniente dar, señor director, úselas para limpiar las máquinas». Los pobres son máquinas. Los ricos presencian la insurrección de las máquinas llenos del estupor con que Balaam oyó hablar a la burra. Para ellos la miseria es un cuadro donde surgen extrañas figuras sin espesor. Hora vendrá en que aprecien todo su siniestro volumen. Examinad en segundo término la ignorancia, menos excusable, de los hechos históricos y contemporáneos. El poseedor argentino ha demostrado que ignora las decenas de millones de obreros organizados para la lucha económica en el mundo, provistos de una doctrina cientÃfica y filosófica, un heroico misticismo y un irresistible plan de campaña. Ignora que decenas de millones de obreros están unidos en la convicción de que es indispensable socializar la tierra y los instrumentos de trabajo y suprimir lo que resta del principio de autoridad, rematando el proceso emancipador comenzado hace veinte siglos. Ignora que los doscientos mil obreros de Buenos Aires son una ola del océano internacional. Ignora lo enorme, como el insecto ignora la montaña. En el Parlamento se ha consagrado oficialmente esta ignorancia monstruosa. Se ha votado una ley social sin que un diputado ni un senador haya aducido un argumento de Ãndole social, un dato, una cifra sobre la distribución de la propiedad, sobre los salarios o sobre la renta. «Desde que el anarquismo es un principio según el cual no se conoce ni ley, ni Dios, ni patria —mugió un docto senador— resulta que podrÃamos compararlo con una reproducción de los antiguos vándalos que destruÃan por destruir». Nerón y sus amigos creÃan también que los primeros cristianos adoraban a un Dios con cabeza de burro… Los «intelectuales» han confundido el terrorismo con el anarquismo, revelando que ignoran la existencia del apóstol Tolstoi, del crÃtico Anatole France, del sociólogo Kropotkin, de los genios y santos anarquistas que son la honra de la civilización. Han revelado que ignoran hasta los recursos del proletariado de Buenos Aires, ellos, que saben el dinero que cuestan las ridÃculas manifestaciones pro Sáenz Peña o pro Udaondo, ellos, que han visto mitines de sesenta mil trabajadores bajo la inminencia de las balas. Se figuran que la policÃa lo remediará, como si se tratase de una banda de cuatreros. «¿Qué es esto? —preguntaba Luis XVI desde la ventana de su palacio—, ¿un motÃn?». Igual inconsciencia del poseedor argentino ante la más profunda de las revoluciones. Está persuadido de que la humanidad ha alcanzado su meta; de que el orden actual es inmejorable, de que no hay nada que añadir a la historia, de que no queda espacio en que avanzar. Está persuadido de que él es la patria, la sociedad y el planeta, inmóviles en su beatitud de cosas intangibles… E pur si muove! En el fondo del valle florido los falsos poderosos comen y se divierten. Allá arriba, en las ásperas gargantas batidas por la nieve y fecundadas por el cielo, se forma poco a poco el fatal alud de la justicia.