El dolor paraguayo

El dolor paraguayo

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Nada más propio que las alas para llevar los presagios. ¿Por dónde vendrían las buenas o malas noticias con mayor celeridad y misterio que por el aire? Un pájaro que cruza la esfera se parece a un pensamiento. Es un rápido símbolo del presente que pasa preñado de futuro. Las aves, nocturnas, de vuelo cruel y aterciopelado, de ojos dementes, rodeados de lúgubres ojeras, son de pésimo agüero al otro lado del Atlántico. Aquí las lechuzas y búhos se libran de esta fama; el guyra yaguá[14] la tiene y fúnebre. Su grito corto y extraño, ¡cúa!, significa pozo, tumba. Augura la muerte. El cârâu[15] es señal de discordia. Su aspecto es triste. Su historia notable. Ha sido un buen mozo en otro tiempo. Un día que se pavoneaba en el baile fueron a decirle que su madre estaba agonizando. «Lugar hay de reír y no de llorar», contestó, y siguió divirtiéndose. Cuando volvió a casa, su madre había muerto, y desde entonces el cârâu es la imagen de la melancolía y llora sin cesar. Las palomas traen miseria. El châhâ[16] hace de centinela fiel, como los clásicos gansos. La gallina, si riñe con una compañera, avisa odios, y si se olvida de su sexo hasta el punto de imitar el canto del gallo, anuncia desgracia. El pavo real produce antipatía y disgustos; las muchachas que conservan para adorno de sus alcobas las plumas esplendorosas del amigo de Juno se casan difícilmente y semejante creencia es signo de la discreción paraguaya, contraria a toda farsante prosopopeya. El pitogüe[17] canta de tres maneras distintas; la una previene visita, la otra boda, la otra revela que está encinta la mujer que la oye. La picaflor, prodigiosa y diminuta, es portadora de felicidad; los niños mismos son piadosos con esa concentración aérea de vida frenética y de gracia palpitante; matar una picaflor, atentar contra el pájaro en cuya pintura agotó su talento Michelet, es arriesgarse a que una tempestad destruya la vivienda del culpable. El sitio en que la picaflor cuelga su nido está bendito por la Virgen. Así como las golondrinas sacaron de las sienes del crucificado las púas de la trágica corona, las picaflores sacaron del corazón de la madre de Jesús espinas más agudas y más largas. Pero el cabureí[18] es la joya de la colección. Aporta consigo la salud, la abundancia y el amor sobre todo. Hasta las viejas de dudosa conducta, si disecan y guardan la cabeza del ave, se aseguran galanes generosos. El cabureí tiene su payé[19], es una mosca negra que viene a verle todos los viernes a las tres de la tarde. Sí la mosca perece, su dueño la acompaña.


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