El dolor paraguayo

El dolor paraguayo

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Resucitar a los muertos de carne no sería práctico. Los herederos se guardarían muy bien de reanimar los restos de sus llorados parientes. Pero decir «¡Levántate Lázaro!» a las onzas de oro, a las anchas monedas de la antigua plata y a los macizos cubiertos y a las cinceladas joyas, es un sueño tentador. Las riquezas no mueren, no pasan, aunque se las lleve a la tumba, como hicieron tantos espantados paraguayos en tiempo de las sangrientas dictaduras y de la guerra. Aquellas familias señoriales, condenadas a dejar precipitadamente sus casas para seguir al ejército en lamentable caravana, escondían sus tesoros bajo el piso de sus alcobas, o allá en pleno campo, al pie de los árboles. Y los tesoros esperan, sepultados y más vivos que nunca, obsesión de almas indolentes y jugadoras, ansiosas de opulencia gratis, de prosperidad robada de golpe al destino. ¡Descubrir un entierro! Ideal, esperanza de muchos espíritus, escrutadores de misterios. Lotería nacional en que todos en mayor o menor grado participan, unos en serio, sonriendo otros. Y la yerba crece sobre las fortunas y los tabiques vetustos son tapas de cobre. El suelo es un arca cuya cerradura se ha extraviado. ¿Para qué sembrarlo, ararlo y explotarlo si las cosechas están ya en su seno, segadas y vendidas? Y los hombres buscan y escuchan, y sondean el lodo y espían en la noche.



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