El dolor paraguayo

El dolor paraguayo

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Porque las almas de los viejos poseedores tornan al lugar donde ocultaron los bienes temporales. Difuntos o no, el dinero nos atrae invenciblemente. Los fantasmas quieren poner en circulación su oro que duerme bajo tierra y del cual se suele consagrar una pequeña parte, cuando se ha sacado, a misas en obsequio del dueño. ¡Oh, ánimas que pugnan por salir del purgatorio, oh metal que pugna por salir del sepulcro! Todas las fuerzas se yerguen, pidiendo libertad. Si no dormís a la hora en que las estrellas brillan más altas y más puras, oiréis un extraño y sutilísimo rumor. No es el insecto que roe, no son las hojas rígidas de la palma que crujen, empujadas por la brisa. Es otra cosa. Suspiro humano, gemido arrancado al silencio. La puerta gira suavemente en la oscuridad. Alguien ha entrado; es el que vivía aquí hace medio siglo. Notad con qué seguridad cruza las habitaciones. No tropieza; no se equivoca. Mudo y resuelto, el fantasma invisible llegó al patio. Entonces suena el triste rechinar de la cadena del pozo. ¿Es que el fantasma doliente tiene sed, o es que su bien perdido está en el fondo del pozo, y las manos de sombra crispadas sobre el húmedo hierro, quieren palpar, acariciar todavía el oro inmortal, símbolo de las delicias terrestres? No os levantéis ahora. Por rápidos que sean vuestros movimientos, nada veréis, nada notaréis. Los fantasmas no dejan rastro. Encontraréis las puertas cerradas, el pozo en orden. El fantasma ha bebido tal vez, pero en el brocal no reluce, a la claridad de la luna, una gota de agua. Acostaos y reposad. Sí tenéis instintos de mercader y constancia en vuestros deseos, si estáis acostumbrados a extraer las últimas consecuencias de un razonamiento, si sois hábiles en fin, secad el pozo, cavad…


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