El dolor paraguayo

El dolor paraguayo

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—¡Magdalena! —¡Che co! ¡Che co! ¿Mbae pa pei côtêbê chehere? (¡Yo soy! ¿Qué necesitáis de mí?)

Los pobres hombres, espantados retrocedieron. Alguno de ellos, armado y más audaz, quiso hacer frente al fantasma, que se desvaneció enseguida.

Empezaron a circular temerosos rumores, pero ¡era la canción tan bonita! Siguieron cantándola y bailándola.

Poco tiempo después, cuando un grupo de alegres jóvenes regresaba de una diversión campestre, se les apareció al resplandor de la luna, cerrándoles el paso, uno de esos féretros que aquí se llaman tumbas, sencillas tablas donde yacen los difuntos, cubiertos por un paño. El viento movía el paño; la soledad y abandono eran mortales. Los jóvenes, que llevaban muchas Magdalenas sobre la conciencia, tomaron por otro sendero. Apenas caminaron media hora, distinguieron ante sí la tumba nuevamente, y aquella noche no durmieron en su casa.

Por fin, volviendo varios músicos de los festejos tradicionales de Caacupé, mostróse a ellos una rozagante muchacha.

—Tocadme la Magdalena, que tanto me gusta, les dijo.

—Estamos cansados de tocarla todo el día.

—¡No me lo neguéis, os lo ruego!


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