El dolor paraguayo
El dolor paraguayo Lo curioso es que son los gritos y no los golpes lo que las espolea. Son insensibles a los palos, tal es la cantidad de ellos que han recibido en su miserable vida. Así es que el cochero, en vez de descargar el látigo en sus flacos lomos, que no despiden sino un sordo sonido, prefiere descargarlo en el techo del vehículo y en la sonora lata de la plataforma. Maneja estos objetos como tambores, y añade aullidos especiales y rítmicos y silbidos lúgubres, el conjunto de todo lo cual forma una música atroz que hay que oír para tener idea de ella. Sin este continuo ajetreo las mulas se pararían definitivamente, A cada momento se detienen, sin embargo, exhaustas, moribundas Entonces el infeliz automedonte suspende la orquesta y aprieta el torno para no retroceder cuesta abajo hasta el puerto. Pasan dos o tres minutos de resoplar y de pronto se reanudan los berridos, los pitos, los porrazos, los tropezones y los rechinamientos y avanzamos unos cuantos metros más.