El dolor paraguayo

El dolor paraguayo

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Sin asistencia, los locos vagan. Un montón de trapos se agita en el suelo. Es una epiléptica, que se romperá quizá el cráneo contra la pared. Descalzas, con los pies hinchados, las idiotas, incapaces de espantarse las moscas, se cubren de llagas. Rascan la tierra en que se revuelcan todo el día, y se quedan sin uñas. Del lado de los hombres el espectáculo es parecido. Feliz, de cara al sol, un lívido adolescente se masturba.

Los enfermos arrojados allí no tienen salvación. Podrían curarse en otro sitio muchos de ellos. Allí, en aquel infierno sin nombre, su razón naufraga para siempre.

Para el Asilo de Huérfanos y viejas laboriosas, todo; para el Manicomio, nada; los dementes son inexplotables. El manicomio es el pozo tenebroso a donde se tira la basura, volviendo los ojos a otra parte. Allí los parientes se desembarazan de quien les estorba. Allí se vuelca el ciego, el canceroso, la carne maldita. No es preciso estar loco para caer en el antro. Basta sobrar. Un inglés, William Owen, a quien habían encerrado cuerdo, se ahorcó en su mazmorra. Durante nuestra visita, descubrimos una pobre mujer, en su sano juicio, que está entre los locos hace cinco meses. La hermanita no sabía quién era.

—Me llamo Úrsula Céspedes. Mi hija me trajo acá. No quiere tenerme. Dice que soy leprosa.


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