El dolor paraguayo
El dolor paraguayo Y nos enseña sus pies blanquecinos, las pústulas de sus piernas…
¡Ah, el libro de entradas sin fechas, sin nombres! ¡N. N., N. N…! ¿Quiénes son?, ¿quién los lanzó al pozo? La policía, un desconocido, cualquiera. ¿Para qué asesinar? Llevad vuestras víctimas al manicomio.
Y cuando el pozo rebosa, cuando hay demasiados monstruos, se los echa afuera. Así la loca Francisca Martínez de Loizaga, asistida ahora en su rancho, fue despedida del manicomio tres veces en año y medio.
No concebimos ni en la Edad Media cosa igual. ¿A qué protestar? ¿A qué pedir justicia al Estado, a ese Estado que en medio de tantos horrores y de tantas infamias, no se ocupa sino de cambiar los uniformes a sus soldaditos? Hay 50 000 pesos oro para alojar un batallón. Para aliviar la suerte de los desheredados, locos o no, jamás habrá nada.