El dolor paraguayo
El dolor paraguayo Lo que menos importa es que el maestro enseñe o no gramática, geografía y aritmética.
En primer lugar, no se aprende nada, por competente que sea el profesor, hasta los quince años. El cerebro infantil no puede abstraerse, lo mismo que no puede el estómago de un recién nacido digerir carne. Hasta pasada la pubertad no se generaliza, no se comprende. ¿Para qué convertir a los niños en malos fonógrafos, para qué profanar su tierna inteligencia? Basta excitar su curiosidad libre, mantener la elasticidad de su ingenio nativo, tan fácilmente asfixiado bajo las idiotas lecciones de texto; basta conservar el juego de su salud mental. Se hace lo contrario; se le embrutece mediante su propia memoria, se le castra el entendimiento por el terror; se le encarcela y se le tortura, se le hace odiar el arte y la ciencia por toda la vida; se la enemista definitivamente con los libros y con la naturaleza. Cuando ha concluido sus funestos estudios, es difícil salvarle.
Un maestro que no se hace querer, que no reduce su pedagogía a contar en clase bellos cuentos, que no desdeña la simple tarea del dómine por la grave tarea de inspirar amor a la verdad y a la justicia, aunque no sea aún tiempo de conocer la una ni de practicar la otra, es un mal maestro.