El dolor paraguayo
El dolor paraguayo En la escuela hay que adquirir el hábito de no mentir y de atender a las molestias y a los sufrimientos del prójimo. Hay que salir de ella verídico, compasivo y cortés. Esto es lo importante.
Y de lo que nadie se ocupa.
En lugar de templar los resortes morales del niño, los únicos accesibles, se le asegura seriamente que la tierra que pisa es una bola danzante en torno del sol. Pocas escenas sociales son de un cómico más terrible.
Tuve noticia de un institutor que recordaba a sus alumnos la forma del planeta recomendándoles que le miraran al bolsillo del chaleco, donde el reloj dibujaba un bulto circular. Por desgracia el día de los exámenes, se olvidó de traer el reloj; en su puesto había una caja de fósforos. Todos los discípulos contestaron que la tierra era cuadrada.
Cuando me explicaron, de muchacho, lo que representan esos globos de yeso, en cuya redondez se pintan los continentes y los mares, creí que las poblaciones se encontraban dentro de la esfera. Tomé la convexidad terráquea por la concavidad celeste. Error muy natural, que tardé mucho en corregir. A mi vista, la única figura redonda y enorme que la realidad me ofrecía era la del firmamento.