El dolor paraguayo
El dolor paraguayo «Recuerdo una niña de escuela, narra Henry George, muy adelantada en geografía y astronomía, que se asombró mucho al saber que el suelo del corral de su casa era realmente superficie terrestre; y observaréis si habláis con los niños, que la mayor parte de los conocimientos que se les enseñan son parecidos a los de aquella niña. Raras veces discurren mejor, y con frecuencia mucho peor que cuando nunca han ido al colegio».
Pero aunque se trasmitieran a esa edad nociones científicas, cosa imposible, ¿de qué servirían?, ¿en qué perfeccionarían, por sí solas, el espíritu humano? No es la razón, más o menos amueblada, sino la voluntad lo que hace marchar al mundo. No es urgente desarrollar el caletre, sino el carácter. Instruid a un malvado, y le habréis dado armas para que os ataque. Instruid a un imbécil, y habréis dado importancia y volumen a su imbecilidad.
El pueblo se emancipa poco a poco de la miseria en que vive, no por la instrucción, sino por la fuerza de su sagrada cólera. Todos los pobladores saben leer y escribir en China; en ningún sitio arrastran las masas tan lamentable existencia.