Moralidades actuales
Moralidades actuales En Occidente nos enloquece el afán de la velocidad; en Oriente se cultiva la quietud. Tal vez importemos la moda, y preparemos concursos de hombres estatuas; dudo de que nuestro mejor campeón se compare a esos gimnosofistas que se pasan la existencia en el fondo de los bosques indos, con los brazos en cruz, de rodillas, matemáticamente inmóviles, sin que los hayan visto pestañear los pájaros que anidan en sus enormes cabelleras. Tan desprovisto de alma está un ejercicio como otro. Y no nos bastan las pruebas paralelas: necesitamos las convergentes, aquellas en que los adversarios tratan de inutilizarse. Una capital vecina ha tenido el orgullo de hacer presidir un asalto de box por un diputado de la nación; el contendiente derrotado fue llevado a la asistencia, con los huesos faciales rotos. ¡Cuánto heroísmo! Y sin embargo el porvenir de la humanidad no está en los puños. La cuestión es jugar, y si el juego es un poco bárbaro, mejor; tal es el gusto del pueblo, que jamás los tuvo exquisitos. Observadle cuando entra en un museo, y estremeceos ante los cuadros que le entusiasman. Id a la plaza, y si queréis que apedree a la banda, haced que se ejecute una sinfonía de Beethoven. Se lee mucho en Inglaterra y en los Estados Unidos: miles de mujeres escriben novelitas, casi todo el alimento intelectual de gentes que dejaron morir en la miseria a Edgar Poe y pagan a Conan Doyle veinte francos por palabra. Curiosidades rápidamente satisfechas, problemas pintorescos y fáciles, acertijos, charadas, escándalos de una semana, crímenes de un mes, un menú muy menudo, muy picante, muy frívolo, he aquí lo que apenas aguanta nuestro estómago. Es preciso economizar pensamiento: vengan hechos incoherentes y siempre renovados —triunfo de la prensa— y la distracción de lo aleatorio. No tenemos aliento para seguir una larga construcción mental: huyendo de la idea nos entregamos a la casualidad. Nos consumimos en microscópicas oposiciones. La democracia se agota en cortos circuitos. Jugamos. Si no echamos a reñir hombres, echamos caballos, gallos, perros, ratas. Los presidiarios se divierten haciendo trotar pulgas. Si no hay hechos a mano, una máquina, una rueda nos hipnotiza. Inventamos los caballitos de plomo, la Diosa Ruleta, y a veces ni el mecanismo contemplamos; nos es suficiente un número final. La lotería; un pedazo de papel en el bolsillo nos llena de nobles ilusiones, y satisface todos nuestros apetitos poéticos.