Moralidades actuales
Moralidades actuales He visto el retrato del doctor Palacios —¿recordáis?—, el que fue asesinado en La Plata por haber causado con sus desdenes, según se dice, el suicidio de su novia. He reconocido el bigotito fatal; el romántico mechón sobre la frente, las facciones vulgares y simétricas del tenorio sudamericano. El hombre que gusta a todas las mujeres es necesariamente común, algo sustancioso y familiar como el pan fresco. La excepción circula poco. Además, la mujer hace bien en no apreciar las excepciones; el amor no puede aprovecharlas, puesto que no se heredan. Si la hembra desprecia el talento y el genio, es con motivo; están de más en la alcoba. Una salud a toda prueba, el impudor consiguiente, y un cerebro sin pretensiones, he aquí lo que se exige al amante ideal. El resto lo añade la ilusión, con su generosidad reconocida. Así, a no ser que me equivoque, como buen psicólogo, el doctor Palacios era «él», era la ganzúa que abre los corazones más diversos. El público se indigna contra este extraordinario conquistador, porque leía en los cafés la carta donde la enamorada le anuncia que se matará pegándose un tiro en la boca «para seguir siendo linda después de muerta». El pobre don Juan no había cometido otro crimen que el de medir exactamente la talla media de la humanidad. Era el tipo normal y por lo tanto irresistible, ya que el sueño ardiente del sexo es la vuelta al tipo, la conservación de nuestra interesante figura. El doctor se había llevado sin esfuerzo una hermosísima muchacha que tenía con la lengua fuera a una porción de ciudadanos, y cacareaba su victoria con la inocencia del macho feliz. No censuramos la jactancia del valiente gallo, la alegría de la siembra copiosa. El amor es así; profundamente natural, bestial, y por eso es todopoderoso.