Moralidades actuales

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—No se aparte usted de mí, no me, huya. ¿Le causo horror, asco? Yo lo maté. «Yo», mis manos, la idea fija, la fatalidad, la locura; aquello, ¿era yo? También maté al presidente; entonces, sí que era yo… Y él no fue el único; ¡ay! Vea usted, no soy mala, lloro amargamente. Ignoro lo que soy. ¡Piedad!

Madame Steinheil desploma su hermosa cabeza sobre la almohada, y sus párpados, brillantes de lágrimas, entreabren el abismo de donde no se vuelve.

—¿Y el cómplice?

—¿Qué importa el cómplice? ¿Cree usted que el cómplice tenía algo de particular? ¿Que era un temible sujeto? No se repetirá su crimen. Descuide usted, no hay muchas Meg en el mundo. ¡El cómplice era cualquiera, cualquiera! ¿Quién no hubiera aceptado apasionadamente ser instrumento mío? Conténtese con esto: yo maté. Yo maté, se lo juro. Durante semanas y semanas le he mareado a usted, le he desesperado, le he enfermado. Me ha inspirado usted lástima; más que lástima, afecto. Me he resuelto a sacarle del laberinto. Yo lo maté, se lo juro por mi hija.

La palma cálida de madame Steinheil se ha posado sobre el juez. A través de la epidermis, las dos sangres pactan lo que no tiene remedio…


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