Peter Pan
Peter Pan En ese momento por fin lo entendió él y agarró el nido y saludó dando las gracias al ave mientras ésta revoloteaba por encima. Sin embargo, no era por recibir su agradecimiento por lo que flotaba en el cielo, ni siquiera era para ver cómo se metía en el nido: era para ver qué hacía con los huevos.
Había dos grandes huevos blancos y Peter los cogió y reflexionó. El ave se tapó la cara con las alas, para no ver el fin de sus huevos, pero no pudo evitar atisbar por entre las plumas.
No recuerdo si os he dicho que había un palo en la roca, clavado hacía mucho tiempo por unos bucaneros para marcar el lugar donde estaba enterrado un tesoro. Los niños habían descubierto el reluciente botín y cuando tenían ganas de travesuras se dedicaban a lanzar lluvias de moidores, diamantes, perlas y monedas de cobre a las gaviotas, que se precipitaban sobre ellos creyendo que era comida y luego se alejaban volando, rabiando por la faena que les habían hecho. El palo seguía allí y en él había colgado Starkey su sombrero, un encerado hondo e impermeable, de ala muy ancha. Peter metió los huevos en este sombrero y lo echó al agua. Flotaba perfectamente.