Peter Pan
Peter Pan Alzó la copa. Ya no había tiempo para hablar, era el momento de actuar y, con uno de sus veloces movimientos, Campanilla se colocó entre sus labios y el brebaje y lo apuró hasta las heces.
—Pero, Campanilla, ¿cómo te atreves a beberte mi medicina?
Pero ella no contestó. Ya estaba tambaleándose en el aire.
—¿Qué te ocurre? —exclamó Peter, asustado de pronto.
—Estaba envenenada, Peter —le dijo ella dulcemente—, y ahora me voy a morir.
—Oh, Campanilla, ¿te la bebiste para salvarme?
—Sí.
—Pero, ¿por qué, Campanilla?
Las alas ya casi no la sostenían, pero como respuesta se posó en su hombro y le dio un mordisco cariñoso en la barbilla. Le susurró al oído:
—Cretino.
Luego, tambaleándose hasta su aposento, se tumbó en la cama.
La cabeza de él llenó casi por completo la cuarta pared de su pequeña habitación cuando se arrodilló angustiado junto a ella. Su luz se debilitaba por momentos y él sabía que si se apagaba ella dejaría de existir. A ella le gustaban tanto sus lágrimas que alargó un bonito dedo y dejó que corrieran por él.