Peter Pan
Peter Pan Tenía la voz tan débil que al principio él no pudo oír lo que le decía. Luego lo oyó. Le estaba diciendo que creía que podía ponerse bien de nuevo si los niños creían en las hadas.
Peter extendió los brazos. Allí no había niños y era por la noche, pero se dirigió a todos los que podían estar soñando con el País de Nunca Jamás y que por eso estaban más cerca de él de lo que pensáis: niños y niñas en pijama y bebés indios desnudos en sus cestas colgadas de los árboles.
—¿Creéis? —gritó.
Campanilla se sentó en la cama casi con viveza para escuchar cómo se decidía su suerte.
Le pareció oír respuestas afirmativas, pero no estaba segura.
—¿Qué te parece? —le preguntó a Peter.
—Si creéis —les gritó él—, aplaudid. No dejéis que Campanilla se muera.
Muchos aplaudieron.
Algunos no.
Unas cuantas bestezuelas soltaron bufidos.