Peter Pan

Peter Pan

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Unos cuantos piratas estaban apoyados en las bordas aspirando el malsano aire nocturno, otros estaban echados junto a unos barriles jugando a los dados y las cartas y los cuatro hombres agotados que habían transportado la casita yacían sobre la cubierta, donde incluso dormidos rodaban hábilmente de un lado a otro para apartarse de Garfio, no fuera a ser que les atizara maquinalmente un zarpazo al pasar.

Garfio pasaba ensimismado por la cubierta. Qué hombre tan insondable. Era la hora de su triunfo. Peter había sido apartado para siempre de su camino y todos los demás chicos estaban a bordo del bergantín a punto de ser pasados por la plancha. Era su hazaña más siniestra desde los tiempos en que venció a Barbacoa y sabiendo como sabemos lo vanidoso que es el hombre, ¿nos habríamos sorprendido si hubiera caminado por la cubierta con paso vacilante, henchido de la gloria de su éxito?

Pero en su paso no había júbilo, lo cual reflejaba el derrotero de su mente sombría. Garfio se sentía profundamente abatido.

Con frecuencia se sentía así cuando conversaba consigo mismo a bordo del barco en la quietud de la noche. Era porque estaba horriblemente solo. Este hombre inescrutable jamás se sentía tan solo como cuando estaba rodeado de sus perros. ¡Eran tan inferiores socialmente a él!


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