Peter Pan
Peter Pan —Yo sà —dijo—. Yo sà que quiero un tercer hijo.
—¿Niño o niña? —preguntó Michael, sin demasiadas esperanzas.
—Niño.
Entonces él se echó en sus brazos. Qué cosa tan insignificante para que se acordaran de ella ahora el señor y la señora Darling y Nana, pero no tan insignificante si aquella iba a ser la última noche de Michael en el cuarto de los niños.
Siguen con sus recuerdos.
—Fue entonces cuando entré yo como un huracán, ¿verdad? —decÃa el señor Darling, maldiciéndose a sà mismo y es cierto que habÃa sido como un huracán.
Quizás podrÃa disculpársele un poco. También él se habÃa estado arreglando para la fiesta y todo iba bien hasta que llegó a la corbata. Es increÃble tener que decirlo, pero este hombre, aunque entendÃa de acciones y cotizaciones, no conseguÃa dominar la corbata. A veces la prenda cedÃa ante él sin presentar batalla, pero habÃa ocasiones en que habrÃa sido mejor para la casa si se hubiera tragado el orgullo y se hubiera puesto una corbata de nudo hecho.
Ésta fue una de esas ocasiones. Entró corriendo en el cuarto de los niños con la terca corbata toda arrugada en la mano.
—Pero bueno, ¿qué ocurre, papá querido?