Peter Pan
Peter Pan Casi por única vez en su vida, que yo sepa, Peter se sintió asustado.
—No enciendas la luz —gritó.
Ella revolvió con las manos el pelo de aquel niño trágico. Ya no era una niña desolada por él: era una mujer adulta que sonreía por todo ello, pero con una sonrisa llorosa.
Luego encendió la luz y Peter lo vio. Soltó un grito de dolor y cuando aquel ser alto y hermoso se inclinó para cogerlo en brazos se apartó rápidamente.
—¿Qué pasa? —volvió a exclamar. Ella tuvo que decírselo.
—Soy mayor, Peter. Tengo mucho más de veinte años. Crecí hace mucho tiempo.
—¡Prometiste que no lo harías!
—No pude evitarlo. Soy una mujer casada, Peter.
—No, no es cierto.
—Sí y esa niña de la cama es mi hija.
—No, no lo es.
Pero supuso que lo era y se acercó a la niña dormida con el puñal levantado. Naturalmente, no lo clavó. En cambio, se sentó en el suelo y se echó a llorar y Wendy no supo cómo consolarlo, aunque en tiempos podría haberlo hecho con gran facilidad. Ahora no era más que una mujer y salió corriendo de la habitación para tratar de pensar.