Peter Pan
Peter Pan —¿Qué quieres decir con eso de «Oh, papá»? —inquirió el señor Darling—. Deja de gritar, Michael. Me la iba a tomar, pero… fallé.
Era espantoso cómo lo miraban los tres, como si no lo admiraran.
—Escuchad todos —dijo en tono de súplica, tan pronto como Nana se hubo metido en el cuarto de baño—, se me acaba de ocurrir una broma estupenda. Pondré mi medicina en el tazón de Nana y se la beberá, creyendo que es leche.
Era del color de la leche, pero los niños no tenÃan el sentido del humor de su padre y lo miraron con reproche mientras vertÃa la medicina en el tazón de Nana.
—Qué divertido —dijo no muy convencido y ellos no se atrevieron a delatarlo cuando regresaron Nana y la señora Darling.
—Nana, perrita —dijo, dándole palmaditas—, te he puesto un poco de leche en el tazón, Nana.
Nana agitó la cola, corrió hasta la medicina y se puso a lamerla. Y luego, qué mirada le echó al señor Darling, no una mirada de rabia: le mostró el gran lagrimal rojo que nos hace apiadarnos tanto de los perros nobles y se metió arrastrándose en su perrera.
El señor Darling estaba avergonzadÃsimo de sà mismo, pero no cedió. En medio de un horrible silencio la señora Darling olisqueó el tazón.
—Pero George —dijo—, ¡si es tu medicina!