Peter Pan
Peter Pan Peter no estaba con ellos en ese momento y se sentían bastante desamparados allí arriba por su cuenta. Podía volar a una velocidad tan superior a la de ellos que de pronto salía disparado y se perdía de vista, para correr alguna aventura en la que ellos no participaban. Bajaba riéndose por algo divertidísimo que le había estado contando a una estrella, pero que ya había olvidado, o subía cubierto aún de escamas de sirena y sin embargo no sabía con seguridad qué había ocurrido. La verdad es que resultaba muy fastidioso para unos niños que nunca habían visto una sirena.
—Y si se olvida de ellas tan deprisa —razonaba Wendy—, ¿cómo vamos a esperar que se siga acordando de nosotros?
Efectivamente, a veces cuando regresaba no se acordaba de ellos, por lo menos no muy bien. Wendy estaba segura de ello. Veía cómo le brillaban los ojos al reconocerlos cuando estaba a punto de pararse a charlar un momento para luego seguir; en una ocasión incluso tuvo que decirle cómo se llamaba.
—Soy Wendy —dijo muy inquieta.
Él se sintió muy contrito.
—Oye, Wendy —le susurró—, siempre que veas que me olvido de ti, repite todo el rato «soy Wendy» y entonces me acordaré.