Peter Pan
Peter Pan —No, no —dijo Peter—, no hay que tocarla. No serÃa lo bastante respetuoso.
—Eso —dijo Presuntuoso— es lo que yo pensaba.
—Pero si se queda ahà tumbada —dijo Lelo—, se morirá.
—SÃ, se morirá —admitió Presuntuoso—, pero no se puede hacer otra cosa.
—SÃ, sà se puede —exclamó Peter—. Construyamos una casita a su alrededor.
Todos quedaron encantados.
—Deprisa —les ordenó—, que cada uno me traiga lo mejor de lo que tenemos. Destripad nuestra casa. Moveos.
Al momento estuvieron tan atareados como unos sastres en la vÃspera de una boda. Correteaban de un lado a otro, abajo a buscar cosas para la cama, arriba para coger leña y mientras estaban en ello, hete aquà que aparecieron John y Michael. Mientras avanzaban penosamente por el suelo se quedaban dormidos de pie, se detenÃan, se despertaban, daban otro paso y se volvÃan a dormir.
—John, John —lloraba Michael—, despierta. ¿Dónde está Nana, John? ¿Y mamá?
Y entonces John se frotaba los ojos y murmuraba:
—Es cierto, hemos volado.
Os aseguro que se sintieron muy aliviados al encontrar a Peter.
—Hola, Peter —dijeron.