Consejos a los jovenes escritores
Consejos a los jovenes escritores La necedad, el yerro, la culpa, la codicia,
ocupan nuestro espíritu, minan nuestro cuerpo,
como los mendigos alimentan su inmundicia,
nutrimos nuestros complacientes remordimientos.
Terco es el pecado, cobarde la contrición;
y volvemos alegres al camino de fango
tras hacernos pagar con creces la confesión,
creyendo lavar nuestras faltas con viles llantos.
En la almohada del mal es Satán Trimegisto
quien mece con tiempo nuestro espíritu embrujado,
y nuestra voluntad, un metal rico,
entre las manos de este alquimista se ha esfumado.
El Diablo es quien maneja los hilos que nos mueven.
A objetos repugnantes les hallamos encantos;
cada día al Infierno nuestros pasos descienden,
sin horror, tinieblas que apestan atravesamos.
Tal y como besa y muerde un pobre libertino
el seno martirizado de una puta vieja,
robamos al pasar un placer clandestino
que exprimimos bien fuerte, como naranja seca.
Denso, hormigueante como un millón de gusanos,