Las flores del mal
Las flores del mal de no ser por la maldad que brillaba en sus ojos,
se me apareció. Se habría dicho que tenía las pupilas empapadas
de hiel. Su mirada aguzaba la escarcha,
y su barba de pelos largos, tiesa como una espada,
se le adelantaba igual que la de Judas.
No estaba encorvado, sino roto, su espina dorsal
formaba con su pierna un ángulo completamente recto,
de manera que su bastón, rematando su figura,
le daba el sesgo y el paso desmañado
de un cuadrúpedo cojo o de un judío de tres patas.
Andaba trabándose en la nieve y el barro,
como si aplastara muertos bajo sus zapatones,
hostil al universo, aún más que indiferente.
Otro idéntico a él lo seguía: barba, ojos, chepa, bastón, jirones,
ningún rasgo distinguía, venido de igual infierno,
a este gemelo centenario, y los dos espectros barrocos
marcaban el mismo paso hacia una meta desconocida.